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Smartphones en el bolsillo, papel en el almacén

Por Oriol Pastor

Hace unos días encontré mi vieja colección de cromos de futbolistas. De Panini de finales de los 80.
La mitad llevaban bigote. Otros muchos, calvos.
Hoy casi no se ven futbolistas calvos y muy pocos llevan bigote.

Era otra época: sin nutricionistas, sin fisioterapeutas de prevención y sin GPS en los entrenamientos.
Se dejaban la piel, y en ocasiones las piernas, en el campo, pero el ritmo de juego era mucho menor que el actual.
Hoy en día, en cambio, los clubes pueden predecir una lesión antes de que el jugador note la molestia.

Todo está medido, monitorizado y digitalizado.

Y entonces uno entra en muchos puntos de venta de almacenes de distribución y construcción y… parece que ha vuelto a antaño. A la era de la calvicie, los bigotes y las piernas peludas.

Y eso es curioso porque, por otro lado, vivimos enganchados al móvil.
No sabemos usar ni el 20 % de sus funciones, pero lo utilizamos para todo: pagar, recibir compras, comunicarnos, cambiar citas, mover gestiones… lo que sea.

Pero en algunos almacenes de materiales de construcción llegas al mostrador y el operario te atiende sin ordenador. Nada.
Ni pantalla, ni teclado, ni consulta a tiempo real.
Solo un “¿qué necesitas?” y un papel.

Sorprende.
O debería hacerlo.

—¿Tenéis este modelo?
Creo que sí… voy a mirar.

Y empieza el peregrinaje.

El operario se va a dar una vuelta por el almacén, papel en mano, a ver si lo encuentra. Y tú, mientras esperas, te conviertes en creyente: cruzas los dedos, haces una pequeña plegaria logística y confías en que el universo le guíe hacia la estantería correcta.

A veces vuelve.
A veces no.
A veces vuelve con algo “parecido”.
Y otras veces vuelve con cara de “lo he visto mil veces… pero hoy no está”.

Ríete tú de la tensión de ese momento.
Ni en la final de Masterchef hay tanta incertidumbre. 

Con lo fácil que sería que pudieran decirte:
“Un momento, lo miro en pantalla… No, no tengo… Sí, sí tengo”.
Tres segundos de consulta. Sin procesiones internas. Sin envejecimiento prematuro del cliente. Sin cruzar dedos.

Un simple vistazo a una pantalla nos ahorraría minutos de suspense innecesario.

Superado el reto de encontrar el material, llegamos al absurdo final: la cola para pagar.
En algunos almacenes pasa lo siguiente: te entregan el material y, acto seguido, te invitan amablemente a hacer una cola extra en administración para poder pagarlo.

¿Por qué? Porque en el almacén no tienen cómo cobrarte.
Porque lo “del ERP” y lo “de los productos” solo lo llevan “las chicas de la oficina”.
Porque, al parecer, el mostrador y la caja viven en dimensiones paralelas. 

Y ahí nace una segunda cola, tan innecesaria como irritante.
En los restaurantes lo sabemos bien: lo que más molesta no es esperar para comer, es esperar para pagar.
Pues en los almacenes replicamos exactamente ese error. Pero sin terraza, sin sombra y sin la mínima posibilidad de estar relajados.

Es curioso.
No aceptamos que Amazon pierda un paquete.
No aceptamos que McDonald’s tome un pedido sin pantalla.
No aceptamos que un banco nos obligue a hacer colas eternas (bueno, aquí a veces sí…).

Pero aceptamos sin pestañear que en un almacén el stock no esté digitalizado, el pedido dependa de la memoria humana, el cobro esté en otro edificio y todo funcione a golpe de intuición y papel.

Estamos rodeados de procesos digitalizados.

Yo mismo he contratado el renting de mi vehículo sin interaccionar con ninguna persona, todo automatizado.
Mis audífonos se conectan automáticamente al móvil y se desconectan solos si van justos de batería.
Programo tutorías con la maestra del cole como si fuera un check-in de aeropuerto.

El mundo ha avanzado.
Pero en algunos mostradores seguimos en 1988. Con bigote y calvos.

Digitalizar en un almacén de construcción va de tener ubicaciones fijas por producto.
De empezar registrando materiales en una hoja de cálculo.
De registrar inventarios en un ERP y seguir con ubicaciones fijas o pasar a tenerlas caóticas con un SGA.
Y, si dominamos esto, de conectarlo con los movimientos de materiales del día a día.

Como veis en los pasos anteriores digitalizar va de automatizar, pero también de algo mucho más simple: autonomizar.
Tener orden, control de producto, criterios claros, procesos claros y datos fiables.
Y luego, cuando esto funciona, automatizar.

Solo así el punto de venta será rápido, fiable y coherente con la expectativa de consumo actual.
Fiable y rápido. Y donde podamos aprovechar también la potencia de los smartphones que tienen los operarios en el bolsillo para registrar movimientos y consultar stock.

Porque lo revolucionario es ordenar.
Y autonomizar.
Y automatizar.

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